Investigación y divulgación del patrimonio cultural en Medellín y la comuna 7 Robledo

Introducción a la arqueología del valle de Aburrá De Graciliano Arcilia Vélez, parte 3


Señala Graciliano que fue en Guayabal donde se encontraba el poblado principal de acuerdo con la prueba arqueológica
Escultura de los nativos del Valle de Aburrá en el Pueblito Paisa

 Estación Guayabal


Señala Graciliano que fue en Guayabal “donde se encontraba el poblado principal de acuerdo con la prueba arqueológica…” p15

El guaquero o buscador de tesoros indígenas Manuel Antonio Ortiz reportó a la universidad de Antioquia en 1953 una tumba que encontró en dicho punto, de donde se infiere, con la certidumbre de múltiples pruebas, que “fue un pueblo textilero por exelencia”.


Incluso el secretario Juan Bautista Sardella dice en su relación: “se tomó mucha cantidad de ropa de algodón muy pintada e galana”… (p. 36)

Queda todavía algo de eso. Durante años, por ejemplo, mi propia madre trabajó en la que fue una de las empresas textileras más grandes de Latinoamérica, Jusi Limitada, de un judío, que tenía su principal fábrica en el mismo barrio Guayabal de Medellín.

Esa cultura textilera, sin embargo, no fue suficiente para que el invasor reconociera una civilización digna de respeto.

Además, para mayor pecado, no fueron dóciles, como les hubiera gustado a los demonios.

¿Suicidas?

Es bastante rara la actitud indígena de suicidarse señalada por distintos cronistas: “… aconteció en esta provincia a algunos españoles yendo por fruta y a caza de aves, ir donde algunos indios estaban, é ansí como los veían, se quitaban una manta de vara y media de ancho que traen atadas sus vergüenzas, quitárselas é darse una vuelta al pescuezo y ahorcarse” (Sardella). (p.36, Ibid).

Y Cieiza de León, en su “Crónica del Perú”:


“Cuando entramos en este valle de Aburrá fue tanto el aborrecimiento que nos tomaron los naturales del, que ellos y sus mujeres se ahorcaban de sus cabellos o de los maures de los árboles y ahullando con gemidos lastimeros dejaban allí los cuerpos y abajaban las ánimas a los infiernos” (p.36)


Pero los españoles, mientras aquellos se iban yendo para el infierno, iban ganando, con las tierras liberadas, el cielo.


“…se ahorcaron en gran número, sirviéndose para ello de las mantas que tejían, que puede mirarse como un exceso de amor a la tierra nativa o una nostalgia anticipada” (Joaquín Acosta, p.38. ibid).

Mejor morir que servir a los españoles que con sus obras iban ganando el cielo.

Las piedras o arte rupestre



Para ese entonces no habían encontrado muchos petroglifos. Es por ello que apenas hay un capítulo de Itaguí en el trabajo de Graciliano.

“…el ojo vulgar no puede advertirlos fácilmente (los dibujos incisos en la roca de Itagüí)… uno de los niños habitantes del lugar, fue preguntado si conocía algunas piedras que tuvieran grabados en la superficie, y respondió no conocerlas, sin embargo, estaba sentado sobre una de ellas” (p.24, ibid).


Era el año 1971. Hoy un niño tampoco las conocería, aunque viviera sobre ellas. Aunque no es el caso general.

Las rocas de Itagüí tienen motivos espiralados que empalman para formar sigmas. No parecen dibujos hechos para representar figurativamente algo. “Posiblemente se trata de signos gnemónicos que imprimen categoría social en la persona que los ejecuta” (?) (p.24).

Se sospecha de un “criterio totémico” de estos dibujos en las rocas. Una trabajo similar al que los Quimbayas habían llegado. Y estaba también en la decoración incisa antillana, perteneciente a los pueblos arawak cuya influencia llegó hasta el noroeste colombiano, especialmente al occidente del río Magdalena y en el Departamento de Antioquia. Pero los quimbayas “orientan su abstracción en el dibujo geométrico rectilíneo y no curvilíneo como el caso antillano”. (p27).


Una especulación lleva a pensar que los sitios eran especialmente marcados por ser escenario de alguna práctica ceremonial, pero en general no se anima a especular Graciliano sobre estas rocas.


“Para nosotros es difícil una interpretación exacta a menos que pensemos en lo más simple que al indígena se le ocurrió expresar”…


Acusaba falta de información para emprender el trabajo interpretativo, que hoy podría ser más eficaz:

La posibilidad es que sean posteriores a los ceramistas prehispánicos, que introdujeron los motivos sigmáticos, o por lo menos espiralados, con empalmes para formar sigmas… concluye que no los Karib, catíos actuales, dispersos por Antioquia, Caldas, Chocó, Córdoba, “no tuvieron tiempo de influir en la cultura rupestre… (puesto que) la realización del fenómeno cultural exige vida sedentaria que los karib no tenían en su estructura social hasta entrado el siglo XVIII…” (p.29)


Es en éste capítulo donde el antropólogo afirma con confianza que los pueblos del valle eran Chibchas, cuyo “ámbito de dispersión se encuentra al sur de la zona Chorotega en Nicaragua hasta la latitud del río Guayas en el Ecuador, según Paul Rivet” en Orígenes del hombre americano, 1943.


Ubicación de los distintos pueblos Chibchas

Recomienda leer libros referenciados por Graciliano, como por ejemplo, El jeroglífico Chibcha”, publicado en 1924, de Miguel Triana, o El arte rupestre en Colombia de José Pérez de Barradas, publicado en 1941.


Promete un estudio más al respecto de su autoría: “La cultura rupestre en Antioquia”, y es casi todo lo que sabe.

Introducción a la arqueología del valle de Aburrá De Graciliano Arcilia Vélez - Parte 3