Investigación y divulgación del patrimonio cultural en Medellín y la comuna 7 Robledo

San Ciro, el origen de Robledo - parte I


Detalle de uno de los murales que adornan las paredes exteriores de El Jordán antes de su restauracíón actual.

Este asentamiento surgió a finales del siglo XVIII en inmediaciones del cerro El Volador y  la quebrada La Iguaná. San Ciro obedecía al ordenamiento de poblados alrededor de un camino, en este caso el Camino del Virrey, el cual se conoció también, durante una parte de su trayecto, como el Camino de Aná.  
“Tenía unas pocas casas sobre el camino para occidente, en un trayecto de unas tres cuadras; lo unía a la ciudad una ancha y recta carretera, siendo ésta una de las primeras construidas en el Valle de Aburrá. Formaba el centro una placita, con un pequeño y sencillo templo”  (Ochoa, Lisandro, “Cosas viejas de la Villa de La Candelaria”, p.239.)
El templo en mención es el de San Ciro, dedicado al monje anacoreta sirio que dio a conocer el cristianismo en varias regiones de África. Luego el templo se llamaría Nuestra Señora de Los Dolores, devoción que se mantiene hasta la actualidad, aunque ahora esté ubicado en otro lugar por razones que conoceremos más adelante. 


Con el tiempo se cambió el nombre de San Ciro por el de La Aldea de Aná. También se conocía al poblado como Anápolis, La Cortada de La Iguaná y La Iguanacita; estos últimos nombres se derivaban de su dependencia y cercanía con la quebrada La Iguaná. Sin embargo, el nombre más habitual para referirse al poblado siguió siendo La Aldea de Aná, que para 1850 contaba con unos dos mil habitantes, quienes se dedicaban principalmente a labores agrícolas.

La tragedia

La noche del 23 de abril de 1880 La Aldea de Aná fue totalmente arrasada por una avalancha de la quebrada La Iguaná y el derrumbe de un muro de contención hecho de piedra, que había sido construido por los presos municipales donde hoy se ubica el barrio Blanquizal. Lo paradójico es que dicho muro era usado para contener la quebrada ante la fuerte extracción de material de playa que de ella se hacía, destinado a sostener el fuerte proceso de construcción e industrialización que vivía la ciudad a finales del siglo XIX y principios del XX. 

Un enorme caudal de agua, palos, piedras y arena se disparó contra el inerme poblado, hecho que conmocionó la ciudad y advirtió sobre la irresistible fuerza de la naturaleza, que no se detiene ante la voluntad del hombre.  

“La población quedó herida en sus vidas y en sus bienes. Desde el río hasta la Iguaná no hay, por esa vía, sino un lago, un mar, un mar peligrosísimo en el cual estuvimos a punto de ahogarnos varias veces el día que fuimos a ver que había sucedido en realidad. Las cercas, de tapias o de vallado de árboles y piedras, fueron derribadas y arrastradas por ese diluvio...” (Echeverry, Camilo, “La Balanza”, Medellín, 29 de abril de 1880.)


PARTE II